Café Palestra
Braulio siempre quiso ser artista. Desde niño los miraba en el Café Palestra, orgullosos como seres de otro mundo, como una raza superior. Todos los días, escritores, pintores, músicos, escultores y una gran variedad de faunas artísticas se daban cita en el lugar. Ahí, ante los ojos del mundo discutían sobre sus obras, las presumían entre sí, las acicalaban. A veces Braulio pasaba por el lugar y estudiaba sus gestos alardeantes, sus rostros carcomidos por la inspiración, sus manos venosas, sus dientes amarillos y deteriorados a causa del tinto, el tabaco y el café. Quiero ser un gran artista, como ellos, se repetía el joven mientras pensaba en la elección de un arte.
Transcurrió el tiempo y los artistas seguían ahí; Braulio, ya graduado de una escuela de artes de gran prestigio, se había convertido en un excelente artista. Pero algo extraño sucedió, de súbito, uno por uno, los artistas comenzaron a desaparecer. Todos los días se anunciaba la muerte violenta de cada uno y el asesino no dejaba margen de error. Así fue hasta que la terraza del Café Palestra quedó completamente vacía.
Ahora se puede ver a Braulio sentado allí, tomando un café, fumando quizás, con una media luna en su cara, viendo a las muchachitas tropezar.
Braulio siempre quiso ser artista. Desde niño los miraba en el Café Palestra, orgullosos como seres de otro mundo, como una raza superior. Todos los días, escritores, pintores, músicos, escultores y una gran variedad de faunas artísticas se daban cita en el lugar. Ahí, ante los ojos del mundo discutían sobre sus obras, las presumían entre sí, las acicalaban. A veces Braulio pasaba por el lugar y estudiaba sus gestos alardeantes, sus rostros carcomidos por la inspiración, sus manos venosas, sus dientes amarillos y deteriorados a causa del tinto, el tabaco y el café. Quiero ser un gran artista, como ellos, se repetía el joven mientras pensaba en la elección de un arte.
Transcurrió el tiempo y los artistas seguían ahí; Braulio, ya graduado de una escuela de artes de gran prestigio, se había convertido en un excelente artista. Pero algo extraño sucedió, de súbito, uno por uno, los artistas comenzaron a desaparecer. Todos los días se anunciaba la muerte violenta de cada uno y el asesino no dejaba margen de error. Así fue hasta que la terraza del Café Palestra quedó completamente vacía.
Ahora se puede ver a Braulio sentado allí, tomando un café, fumando quizás, con una media luna en su cara, viendo a las muchachitas tropezar.